Cuentos e historias, muchas inspiradas por lo que veo en la calle, en el campo o donde sea. Una miscelánea de lo que ven mis ojos.
sábado, 20 de septiembre de 2008
Apuntes de la banca I
En el interior todo se mecía rápida y estrepitosamente, en un alboroto casi caótico. Sin embargo, era justamente eso lo que le daba diversión al niño: el balanceo y el ruido, el cual, lejos de aturdir, creaba un acompasado sonido,el cual sugería música de esa que crea la ciudad -y que estimula el oído.
Con su manita infantil, y con una sonrisa dibujada en su rostro, el niño era feliz meciendo con fuerza un basurero en la Alameda.
EPÍLOGO.
El niño de pronto se fue corriendo, pero la música continuó hasta que poco a poco se desvaneció entre el ruido de los pájaros y el trinar de los motores.
domingo, 14 de septiembre de 2008
Vieja Ciudad
Abro mi ventana en la noche.
El frío viento entra y me trae
a cortos acarreos
tus nocturnos sonidos,
de silencio que se oye,
de fierros que crujen,
de camiones que andan,
del ombligo de la luna
que hoy es llena y las nubes la cortan.
Vieja Ciudad de Hierro, si algún día tu historia tiene algún remanso, dejarías de ser ciudad...
miércoles, 10 de septiembre de 2008
La tira, la barbacha y la mezcla.
-¿Y cómo le ha ido? ¿Qué tal el changarro? -preguntó el operador del colectivo.
-Pus fíjese que lo dejé. Un rato nomás -respondió el uniformado pasajero.
-¿Apoco? ¿Y eso? Yo creía que la barbacoa sí dejaba lana...
-Pues hasta eso sí -respondió, acomodándose la gorra azul con su reluciente placa dorada- Lo que pasa es que ahorita me cayó una chamba en una obra.
-Apoco también la hace de albatros...
-Pus sí, es que en la albañilería, si son chambas grandes, le pagan a uno bien.
-Pero ha de ser una joda ¿no?
-Pus todo lo que deja lana es una chinga, sino pus cómo, compadre...
-Y en el cuartel apoco no lo dicen nada, son muy duros ¿no?
-Ey, pero lo que pasa es que me estoy aventando turnos completos sábado y domingo, de veinticuatro horas. Ya con eso me dan toda la semana libre, y pus la utilizo pa ir a la obra, porque pus imagínese, me aventé 120 de loza, yo solito ora sí que desde los cimientos. Me fue rebién.
-Ta suave, pero pus ay' cuando otra vez le haga a la barbacha, a ver si me invita unos tacos ¿no?
-Le voy a dar unos de pellejo.
-Oh pues, me agarra desprevenido...
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Nereidas.
El movimiento comenzó, pero no a la par de las llantas, sino al compás de unas notas. No era lo de siempre, una bocina que taladra los huesecillos del oído, ni una vendedora de la oferta la promoción. Entre el denso ambiente se oyó, hermoso, el inicio, los primeros acordes de una pieza muy bien conocida por todos. Tara-ra rara rara (tararará) Tan-tan-tan, tun tun tun turun turún tun tun tun...
La gente volteó, pero no se precisaba de donde venía el sonido. Pero alegró a los usuarios. Era en vivo, era un clarinete bien afinado, llevando el compás preciso... y el sentimiento de un intérprete de danzón. Algunos comenzaron a golpear el tubo al ritmo; otros, silbaban la conocida tonada, o tocaban unas claves imaginarias en su rodilla. Unas tenues sonrisas, pero muy verdaderas, brotaron de las comisuras de varias personas. Algunos se alzaban de sus asientos para buscar al músico que, en el mejor y más real sentido de la palabra, deleitaba a todos los presentes.
Varios usuarios, quienes disfrutaban de la melodía comenzaron a buscar. No pocos hurgaron en sus bolsillos, en sus carteras para darle al músico aún no visible, una moneda, por hacer realmente ameno una parte del trayecto.
Se asomó de pronto, era una persona común y corriente a ver, moreno, de barba y bigotes no muy poblados, de regular estatura. Se identificó por traer el clarinete en la mano, y le fué bien, pues no pocos cooperaron con el músico.
Cuando descendió, todavía algunas personas seguían silbando aquel famoso danzón, Nereidas, y cuando todos avanzaron en el andén, el sonido de los pasos simulaba una antigua pista de salón, y los tacones marcaban el ritmo de un danzón que ya no se escuchaba...
jueves, 10 de enero de 2008
Una operación nasal.
Después de muchos años de padecer inflamación de los senos, de los llamados paranasales, me ví en la necesidad de someterme a una intervención quirúrgica, pa poder controlar todos los mocos que producía, y que me causaba no pocas molestias. Lo que sí es que llegué a esta instancia después de tratarme muchas veces con halopatía sin obtener una cura, simplemente eliminando los signos y síntomas que en un momento dado me atacaban los huecos de los huesos de la cara, pero que después volvían a aparecer.
Fui con la otorrinolaringóloga, profesion que lleva nombre de trabalenguas, y me mandó a hacerme una tomografía, estudio que me parece por demás maravilloso al poder hurgar el tuétano craneal de las personas sin anestesia, sin ser invasiva y con el único dolor de tener que pagarla. La galena revisó mi estudio y diagnosticó desviación del septo nasal, mejor conocido como tabique, además de un espolón y los cornetes como más crecidos de lo normal. La septoplastía me había sido indicada.
Pasó un tiempo y me decidí a ponerle fecha. La doctora me dio las indicaciones pertinentes, además de enviarme a hacer nuevos estudios, los cuales incluían un electrocardiograma pa ver que mi cucharón de mole me palpitaba bien y bonito, una sacada de sangre pa ver que no tuviera chancros nadadores o alguna ostra cosa malévola, y los típicos estudios de orina los cuales envasé, como debe de ser, en un frasco de Gerber pa bebé. Por cierto, fácilmente, después de haberlos enfriado, los orines bien pudieron pasar por juguito de piña etapa 3 para preescolares.
Nada malo hubo, nada que pusiera en riesgo mi operación, nomás bacterias en el pispirrín, o en las vías urinarias más precisamente, microorganismos que fueron atacados con el mismo antibiótico que me habían recetado pa estar seguros de que no tenía mocos podridos antes de que me enderezaran la fábrica de mocasines.
La cirujana me cuestionó si quería de nodocomio acá el lujo pirrurris o algo funcional, osea, bueno, bonito y barato. Como mis acciones internacionales habían sufrido una terrible caída horas antes, no podía darme el lujo de irme a operar Houston, sino que opté por una clínica que tuviera afuera unos tacos de suadero y de moronga, en caso de necesitar una transfusión.
Me interné en un H. de paso, cerca de la Calzada de Tlalpan. Un hospital, no un hotel, el cual cuenta con nada más y nada menos que lo justo necesario para una cirugía ambulatoria como en la que yo iba a ser protagonista, es decir, que apenas pudiera levantarme, me mandaban derechito a la chida casa en la que habito.
Total que llegué al 20 pa las siete de la mañana al lugar, ya que salí temprano para prevenir que hubiera mucho tráfico además de la básica perdida que en efecto sufrí al no dar luego luego al sitio exacto. Tenía el resto de hambre porque esas cosas se hacen en ayunas, y nomás veía a los vendedores de guajolotas resignado a no poder probar una en al menos una semana.
Ya vi que una señora abrió la clínica, llegaron dos o tres personas más y me bajé pa hacer lo necesario. Les dije que yo era el paciente y ya me pasaron. Me pesaron y resulta que nomás me faltan 6 pa darle a los cien kilos (¡arriba los pesos pesados!). Luego, con un chingo de frío me pasaron a un cuartito con plantas y con techo de acrílico, por lo cual la temperatura era aún menos. Me senté frente al escritorio, sobre el cual se posaba una máquina de escribir grandota grandota como la que usa el escritor pa partirle la madre a su gorda secuestradora en la película “Misery”. Llegó un señor amable, con chalequito onda César Costa y comenzó a llenar unas hojas que estaban dentro de una como carpeta metálica, igualita a las que usan en los hospitales de la telera. Me inquirió mis datos personales y luego lo que los que tienen como insignia la vara de Esculapio llaman historia clínica. Que si eres un borracho, un vicioso, que si alguien en tu familia tiene alguna enfermedá, que si tienes gonorrea, que de qué color tienes los ojos, que si te han operado previamente, y otras cosas que, eso sí, se llenan más agradablemente que un formato universal de la tesorería.
Después me explicó el procedimiento, con tono de voz y formas muy similares a las que empleó el agente Smith pa decirle a Neo (Keanu Reeves) que o coopela o cuello en Matrix:
Primero te semiencueras y te pones esa bata igualita a las del IMSS, esperas con harto frío a que lleguen por tí en una silla de ruedas, luego te vamos a acostar en la plancha y te vamos a poner nos aparatos pa ver si te estas muriendo o aún vives. Viene después un pinchazo pa ponerte el suero y dejarte ir la anestesia por ay (por la intravenosa), mascarilla con oxígeno, te duermes y te ponemos un tubo en la garganta pa que respires y luego, antes de que te des color, ya te echamos de retache en tu cama.
Ya fue una enfermera por mí, me subí a la silla de ruedas que evidentemente no estaba contemplada para una persona alta como yo, ya que tuve que alzar las patrullas pa no frenar el avance de la silla. Llegamos al quirófano y me acosté en la esa plancha y ay estaba el doc que me había explicado todo pero ya con pijama quirúrgica, cubrebocas y toda la onda. Además estaba acompañado por ostras varias personas que les iban a echar la manon por supuesto, la otorrino.
Así como en las pelis, escuchaba yo el pip pip de la maquinita que dice que mi palpiatar es el correcto, me descubrieron los brazos y me pincharon en la mano izquiera. El dolor del piquete en sí no fue muy fuerte, pero luego pasó una sustancia de no marches, pinche ardor en toda la mano, y lo más gacho fue que la cochina aguja se botó, y tuvieron que mutilarme otra vena pa lograr su cometido.
En el pasado, sólo me había operado del estrabismo (algo así como estar bizco) como a los cuatro años y la cirujía de las muelas del juicio y de un diente de más que tenía. Las dos últimas, obviamente, no cuentan como operación de a debis porque nomás me pusieron anestesia local, pero en la de los oclayos, me pincharon y me dolió pese a que me dijeron que no serís así, y luego me pusieron a inflar un méndigo globo que se desinflaba cada que soplaba. Dí tres soplos y lo siguiente que recuerdo es que escuchaba las voces de mis familiares diciéndome que ya habían acabado. Pero es así de putazo, no sientes que dormiste un chingo ni nada, nomás te duermes, luego luego despiertas y quien sabe cuantas cosas te hicieron ya en la maceta.
Pues esta fue igualita. Me dijeron que ya me estaban soltando el anestésico por la vena, y en cuestión de segundos sentí como que flotaba, y dije pus me río. En eso, me colocaron una mascarilla y de repente nomás sentí que alguien me tenía del brazo y mi sensación fue la de un borracho que ya perdió la conciencia y que sus cuates ya se lo quieren llevar por malacopa. Tons sentí que me tomaron del brazo y ya estaba apunto de decir “¡No chinguen! ¡Si yo todavía no me quiero ir y estoy chupando reteagusto!” cuando alguien dijo que ya había acabado la operación. Recordé y me tranquilicé.
Tambien como se ve en las series de la tele (que es mi máximo medio de información, aunque digan que es la caja idiota y no se qué) al despertar, como que abría los ojos, captaba algo y se me volvían a cerrar, luego ostra vez veía a mis familiares platicando con la doctora y me desvanecía de nuez y así hasta que ya estaba bien. Esperaron a que casi se acabara el suero, y que me pudiera levantar pa correrme del nosocomio, cosa que aconteció como a las 2 y 10 de la tarde.
Me mandaron medicamento, y me pusieron unas cintas en la nariz pa que no se me fuera a caer en el camino, además de una gasa sostenida por cinta adhesiva de microporos pa que todos los mocos coagulosos que me han salido desde entonces no se me vayan a la buchaca y me los vaya a comer como moronga. Y con eso me dí cuenta de que así qué chiste, uno no puede ver nada de lo que le hacen. Hubiera contratado uan filmación de las que usan en los XV años pa luego ver qué me hicieron... y si lo hicieron . En fin.
EPÍLOGO (o como se llame lo que va hasta atrás)
Cinco días después me lancé a que me quitaran los tapones de gasa que me habían refundido hasta lo más hondo de mis cavidades que echan moco, y un montón de cintas micropor como férula me imagino. La doctora me había recomendado llevar una caca-cola bien helodia de fría y de lata, pa que estuviera más fría, ya que me podría alivianar en caso de nausea. Me explicó qué me iba a pasar y me pasó al sillón donde atiende.
Cuando me hube sentado, me dió una bolsita y sacó una pinza. Me quitó las esas madres de la superficie nasal, que ya lucían como bolsa de papel de estraza pa las tortas de tanta pinche grasa narizal que se les había embarrado.
Luego procedió a sacarme los dichosos tapones, empezando por el del lado izquierdo. Tomó un borde con la pinza y comenzó a jalar. Al principio se siente como sacarse un mocos de esos semilíquidos que se alojan al final de la fosa nasal, pero que de la parte de donde se toman son ya duritos. Uno piensa que ese inocente va a ser un moquito, pero cuando da el jalón ¡zaz! qiente que viene de muy adentro, y queda escurriendo en el dedo, y uno piensa rápidamente en qué mueble embarrarlo pa que no se note, porque hacerlo bolita en un estado tan líquido dificulta mucho la operación. Pues así se siente... al principio, porque luego uno siente que, mientras continúa la extracción, algo de muy hondo dentro de su cráneo le es arrancado. No es dolor, es una sensación que nunca había sentido y por eso es extraña, pero no dolorsa. Pero, eso sí, una lagrimita me sacó, pero que quede claro que por reflejo, no por chilletas. Ya estando afuera el coso ese, sentí un chingo de alivio, pero además que me entró el resto de aigre se esmog hasta lo más hondo de mi senos frontales y a la garganta.
Procedió de similar forma del otro lado y fue más o menos lo mismo: esa sensación rara de desprenderse de un moco gigante con tecata de sangre. Ambas gasas muy suaves (no parecían de las comunes, sino más bien como toallitas húmedas) estaban llenas de moco, y yo pensé que iban a estar todas cafés como escusado de gasolinería por la sangre coagulada seca y vuelta a humedecer rellena de más coagulitos, pero nones; estaban llenas de pura mocosidad transaprente. Contnuó el proceso e introdujo en mis fosas algodones como yo los fines de semana: emebebidos en alcohol pa limpiar y listo. Todo lo quirúrgico había terminado: Antibiótico ey antiinflamatorio, y a casa de nuevo. PEro como epílogo del epílogo, toda la grasa acumulada me provocó un acné en la nariz cual si fuera yo un pubertoso chamaco de la secun que se exprime los barritos blancos de pus. Íñor.
sábado, 24 de noviembre de 2007
¡Qué quemada!
Catalina y Olivia eran dos ancianas que se habían estado marchitando juntas por los últimos treinta y ocho años. Por extrañas razones que se perdieron en el tiempo, llegaron a un departamento de interés social juntas, buscando un porvenir prometedor, con las esperanzas de que ahora sí la iban a hacer con el nuevo negocito que iban a montar y que cada una encontraría su camino-corazón y por ende -y estaban mas seguras de eso que de cualquier otra cosa- se iban a separar en algún momento.
Quién sabe cómo, pero algo (¿tiempo? ¿destino?) les gastó una broma pesada, pesadísima y negra, logrando que todos sus planes quedaran en nada. Más difícil fue para ellas el llegar a la conclusión de que, después de todo ese tiempo , y al contrario de lo que creían y querían, era más que probable que ya no se fueran a separar jamás.
Apenas vivían de la pensión universal para adultos mayores, y de otros pequeños ingresos que por ahí lograban, con un anuncio que lograron poner en la sección de clasificados de una revista inmoral.
Sus familias les dieron las espaldas en el momento en que salieron de sus lejanas tierras en busca de algo completamente inseguro. Y por lanzarse a la aventura, borraron su pasado.
No tenían a más nadie para contar sus sentimientos que la una a la otra. No contaban con nadie más. Nunca forjaron amistad alguna (ni siquiera una débil relación) con ningún vecino. Cuando compraban algo en la tienda, no decían ni una sola palabra. Únicamente mostraban el producto, el tendero les decía el total a pagar, sacaban de su monedero roído unas monedas y pagaban, sin siquiera dar las gracias.
El espejo de su baño, ahora percudido, con manchones oscuros por el descarapelado, y viejo como ellas, se homogeneizaba con sus rostros reflejados en él. El espejo vio día a día cómo la piel se les arrugaba, las verrugas crecían, el cabello se enblanquecía y los ojos se les inundaban de tristeza y frustración. Y ahí, cada mañana que se veían, en el momento en que cruzaban miradas con su reflejo, una pequeña gota fluía del ya casi seco lagrimal.
Sus apariencias eran similares. Ambas tenían el pelo muy corto, casi se podría decir que con corte militar, y dicho corte se lo realizaba una a la otra, porque eso era lo que sabían hacer: estilismo. Y se estilizaban. De vez en vez, les gustaba jugar (llamémoslo así) a que tenían un gran salón de belleza y que maquillaban a alguna artista importante. De tal modo, sacaban un estuche de pinturas corrientes y ahí se maquillaban ante el espejo que en algunas -y sólo algunas- ocasiones las veía sonreír. Y al verse tan bellas en el espejo, tenían que salir a la calle a presumir tácitamente su encantador semblante. Apenas alcanzaban a juntar un mechón de canas de no más de tres centímetros y lo ataban con un pequeño moño, para completar el cuadro. Entonces, salían a la calle, con sus frágiles piernas cubiertas por una falda negra con rosas o azul con pescaditos; los pies enfundados en unas calcetotas como de niña de secundaria, y sus babuchas de gala. Ahí iban tomadas del brazo, con sus chapitas del mismo tono colorado con el que se habían delineado los labios, con un suéter guango, cuyas mangas apretaban con un par de ligas, para que no les entrara el frío. Así era su vida. Así pasaron muchos años en los que recordaban con nostalgia un pasado encantador que jamás existió.
Resignadas a estar juntas, a ser inseparables, de pronto pensaron que eso no podía ser para siempre, ya que era casi un hecho que la muerte no podía llegar por ambas exactamente al mismo tiempo, y entonces sus piernas flacas flacas temblaron provocando que las medias con hoyos de una de ellas se le bajaran hasta los tobillos.
Ahora era eso lo que ocupaba sus mentes: la inevitable muerte. ¿A quién le llegaría primero? ¿Qué iba a hacer la otra? ¿Durarían mucho tiempo separadas, o la sobreviviente acompañaría a la difunta en poco tiempo? Temblaban sólo de imaginar que alguna podía quedarse sola... más sola.
Entonces decidieron hablarlo, enfrentarlo, para saber qué hacer cuando el final de alguna llegara, para que la otra obrara correctamente.
Ambas tenían un seguro, que por lo menos cubriría la renta de un ataúd y una fosa en el cementerio. Porque, pasara lo que pasara, ambas tenían que ser enterradas, les tenían que dar cristiana sepultura porque de otro modo sus católicas almas estarían condenadas al purgatorio. ¿Cremación? Impensable. Eso no era de Dios. Entonces acordaron que la primera que se fuera sería tratada como debe de ser por la que quedara, y que no importaba funeral ni flores, ni siquiera que la misa fuera ostentosa o en un templo grande -de todos modos solo iría la que quedara, el sacerdote, el acólito y si acaso el señor que toca la guitarra- ya que a lo más duraría una hora. Pero la sepultura sería para siempre, y esa debía de ser en el Campo Santo. Y ese era el punto mas importante, por sobre todos los demás: que el lugar de descanso eterno fuera en tierra bendecida; preferible ser comida por los gusanos -pensaban- que quedar como un judas en sábado de gloria.
Y eso se convirtió en su nuevo miedo, en una obsesión aterradora: que por algún error al firmar los papeles o cualquier otra cosa que no imaginaban, las fueran a cremar por equivocación. Diario charlaban y cada que podían, se recordaban mutuamente qué era lo que tenían que hacer en el momento en que le llegara la hora marcada a alguna de las dos. Panteón en el desayuno, cementerio en la comida y tumba en la cena. Se volvió cosa de todos los días, de todas las horas. “Cuidadito y me haces la chingadera de quemar mis huesitos, ¿eh?, o te voy a venir a jalar las patas para que a tí te quemen en el infierno” le decía una a la otra bromeando en serio.
Pasaron un par de años más, en los que el vínculo de ambas se hizo más sólido que un diamante. Aunque no quisieran, no tenían de otra. Y también creció el miedo a ser cremadas, ya que recurrentemente veían en Duro y Directo que los gemelos Brenan cubrían casos de señoras que no tenían familiares que las enterraran, y las mandaban al horno crematorio, o de que cada vez estaba más de moda la cremación -“hasta para ahorrar espacio”, mencionaban algunas funerarias.
Un fatídico día, pasó lo peor que les pudo haber ocurrido. Estaban las dos cenando a la luz de las velas, por una falla en el suministro de energía de su apartamento. Más precisamente, se les había fundido un fusible y no hicieron por cambiarlo, ya que no tenían repuestos y ya era tarde para salir a la calle. Como su vista era ya demasiado vieja y cansada para ver inclusive con luz artificial, habían encendido todas las ceras que encontraron en el pequeño apartamento: las que habían comprado para esas situaciones, las veladoras de reserva, los cachitos de velitas de colores que sobraban de las posadas, las velas con uvas de migajón recuerdo de primeras comuniones... en fin, cualquier cosa que pudiera brindarles un poco más de luz, para evitar tropiezos. Colocaron un viejo quinqué de ferrocarrilero en el medio de la pequeña mesa, y las velas en cualquier otro lugar que creyeran necesario: en la orilla de la vitrina, en el librero de madera conglomerada entre los cisnes de porcelana y las carpetas almidonadas, al pie del sillón, una en el baño y en los únicos dos cuartitos bastó con las veladoras que les tenían prendidas a San judas Tadeo y a la Virgen Dolorosa, a un lado de las rosas de plástico llenas de polvo.
Catalina se ofreció para ir por una olla con frijoles que había dejado en la lumbre. La vieja estufa Acros color crema, percudida y embadurnada de cochambre tenía una leve avería de tiempo atrás, pero resultaba poco peligrosa si el lugar se encontraba bien ventilado. Pero esa noche en la que había entrado el frente frío número veinticuatro, resultaba demasiado gélida para las dos adultas mayores. Por tanto, tenían todas las ventanas cerradas, e inclusive en la ranura de debajo de la puerta habían colocado una jerga roja con más hoyos que tela, para evitar que entrara el chiflón.
Cenaron sus frijoles, y cubiertas con un saco, se quedaron sentadas un largo rato, sin cruzar palabra hasta que, como lo venían haciendo de tiempo atrás, charlaron del día de su muerte.
Pasado un tiempo, una se quedó dormida en el sofá cama que tenían en la sala-comedor (y aquí el tamaño tan reducido hacía que ese termino, sala-comedor como un mismo espacio, describiera a la perfección el sitio) mientras la otra se acostó en la única recámara con cama, ya que la otra era usada para los tiliches arrumbados, que incluían mucha ropa y botellas con sustancias, algunas de ellas flamables.
La que dormía en el cuarto de pronto se levantó de la cama a la mitad de la noche porque tenía que acudir al sanitario. Las velas habían quedado encendidas, justo para ese propósito. Pero la ya deficiente vista, aunada a que varias de las velas ya estaban por fenecer y su iluminación fuera muy escasa, hicieron que antes de abrir la puerta del baño, tropezara con una vela y ésta cayera en la pila de revistas y periódicos que estaba en el pasillo, encendiéndose levemente, un fuego que cualquier persona hubiera controlado. Pero ella ya no tenía la capacidad de hacerlo, y en un intento por apagar la aun incipiente llama, proyectó su pierna lo más fuerte y rápidamente que pudo , logrado únicamente que perdiera el equilibrio y cayera, sintiendo al momento del impacto un fuerte dolor en la cadera que la inmovilizó de inmediato.
La lumbre se propagó rápidamente, y el humo hizo que ambas perdieran el conocimiento, sólo que una estaba dormida y la otra intentaba arrastrarse en el pasillo y gritaba con su voz apenas audible algo que nunca nadie escucharía. Al cabo de unos minutos, el poco gas que se había acumulado sobre todo en la cocina, hizo contacto con una chispa provocando un flamazo que, sin ser una explosión como tal, cimbró los vidrios y chamuscó todo lo que encontró a su paso.
La anciana del sillón abrió repentinamente los ojos y se dio cuenta de que no se encontraba en el mismo lugar en el que se había quedado dormida, sino que ahora estaba en el pavimento tirada, sin cejas ni pestañas, y con un paramédico a su lado intentando reanimarla.
Después de poco menos de dos horas, el cuerpo de bomberos de la ciudad había sofocado las llamas, y un perito del ministerio público, el jefe de bomberos y un policía judicial entraron para evaluar los daños. Justo a la entrada aun se alcanzaba a percibir olor a cera quemada. Todos los muebles se habían reducido a cenizas y el suelo se hallaba encharcado por el agua arrojada por los apagafuegos. Al ir revisando, los tres hombres vieron un bulto completamente ennegrecido en el pasillo, y se percibía un fuerte olor a pelos chamuscados y a carne quemada. El perito dijo rápidamente que en ese lugar el calor se pudo intensificar a temperaturas elevadísimas, ya que el encierro del pasillo hacía que el aire caliente se quedara más o menos en el mismo lugar, además de las revistas, las ceras que empaparon un tapete haciendo que ardiera por mucho tiempo, y el calor que lanzaba el cuarto de cachivaches, también quemado por completo. Con esas condiciones, el calor podía elevarse muchísimo según el perito, casi como si fuera un horno.
El cadáver se hallaba casi quemado hasta los huesos, pero se podía distinguir en la cara lo que pudo ser una mueca no angustiosa ni macabra, pero sí de que buscaba algún lugar invisible con la vista. Sus piernas se hallaban flexionadas y recargadas sobre el piso, mientras que el pecho estaba en dirección al techo, los brazos cruzados y hacia el mismo lado que las piernas con la cabeza echada hacia atrás y con la mandíbula bien distendida. Era imposible identificar si tenía los ojos desorbitados, o las órbitas desojadas. Como sea, parecían estar mirando hacia atrás.
La sobreviviente, al ver salir a los tres individuos, se apresuró tanto como pudo y les preguntó sobre el estado de su compañera. El perito y el bombero pensaron un poco su respuesta, para que no fuera tan impactante, pero en eso, el judicial les arrebató la palabra: “¡No se preocupe seño, cuando menos ya se ahorró la cremada!”.
